jueves, 10 de agosto de 2017

L A E S E N C I A

Y, no. No es nada fácil convivir en una sociedad en la que las mismas personas que la conforman, se encuentran en una rivalidad. Con una actitud predominante de superioridad e individualidad. En la que el apoyo y la ayuda a los demás, a veces, está en los límites de la extinción o en sobrevivencia. Generalmente, me refiero a la falta de humildad, afecto, respeto... hacia el otro. En querer acercarnos a los demás por el simple echo de ser persona y porque para crecer, desarrollarnos y aprender necesitamos a los demás. No vivimos aislados. Vivimos en relación con el otro. Quiero pensar que una de las causas que produce esto es la rapidez con la que actuamos diariamente. Y a lo que añado ese afán, que se ha generado en los últimos tiempos, de tener más que el otro, de competitividad, de superación (pero no personal, sino en el sentido de ser más que el otro)... A esto es a lo yo respondo: "no es lo que tienes, sino lo que eres".

Lo queremos abarcar todo y hacer el máximo de "cosas pendientes" en un mismo día. Que, claro, en este ir y de venir continúo de las situaciones que pasan alrededor nuestro, impedimos que éstas pasen por nuestras vidas. Las dejamos ir. Sin saborearlas. Sin darnos la oportunidad de que podamos disfrutar o aprender de las experiencias que nos rodean.
El aprender de la experiencia, considero que, es uno de los mayores privilegios que tiene el ser humano de vivir. Esa experiencia nos proporciona descubrimiento, enseñanza, superación personal, empatía, relaciones interpersonales... Y un sin fin de cualidades beneficiosas para el desarrollo integral de la persona a lo largo de su vida. Creo, por lo que estoy observando últimamente (sí, soy una Educadora Social muy observadora), que queda vez queremos hacer más y más. Queremos evolucionar y hacerlo todo tan pronto, tan rápido que forzamos a que aparezcan las situaciones que nosotros queremos que sucedan. Parece un poco retorcido pero, ¿me he expresado bien? Y al hacer esto, no nos dejamos sorprender ni por los demás ni por los momentos ni situaciones que nos rodean. 
Yo creo, fielmente, que una de las mejores cualidades personales de un Educador y una Educadora Social es la M I R A D A, el C O N T A C T O  H U M A N O, la H U M I L D A D...  Estas cualidades considero que son la clave de las habilidades personales y profesionales que hacen que su intervención se enriquezca y sea lo más potente y satisfactoria posible (tanto para la persona como para el propio profesional). Crear un clima de confianza en base a estas habilidades tan vivas, profundas, emocionales. Simplemente se trata de dejarnos sorprender con los demás y aprender de los demás. Simplemente eso.

Esa mirada constante que habla en silencio puede llegar a decir mucho más que sí mantienes una conversación. Una mirada siempre transmite algo.
Es una de las habilidades de intervención que más he ido desarrollando. Además soy consciente que es la primera que te facilita un primer acercamiento con la persona. Detrás de una mirada hay un sentimiento de esa persona hacia la situación que está viviendo. Una persona que te pide que quiere abrirse y expresar lo que tiene, cómo se siente, lo que necesita... Es ahí dónde considero que el Educador y la Educadora Social deben aprender a descubrir qué es lo que nos quieren decir esas miradas. O simplemente darles la oportunidad de que se puedan expresar libremente. Trasmitirles con la mirada, sin palabras, sin gestos, que pueden confiar en tí y que los apoyarás en lo que puedas. La Mirada te permite acercar las distancias para convertirte en su mediador social y apoyarle en la mejora de su situación. Incluso, puede llegar momentos, que simplemente esa persona que nos mira y nos pide, con su mirada, que nos paremos un ratito a hablar con ella, que lo necesita a gritos.
El contacto humano, y sobre todo la humildad requieren del profesional de la Educación Social una búsqueda personal de sus propias cualidades para poder mostrarle lo mejor de él a la persona. Creo que para hacer que la otra persona crea en su potencial, en lo valiosa que es, y en lo que puede llegar a conseguir, el propio profesional de la Educación Social debe de conocerse a sí mismo. Si nosotros mismos y nosotras mismas no creemos en la necesidad de buscar la mirada de humildad, cercanía, grandiosidad de la persona que tenemos en frente, nos vamos a olvidar de una pieza fundamental en las intervenciones con la persona: sus habilidades personales propias (lo que yo llamaría "auto-recurso personal"). Para que una persona mejore su situación, primero ella misma tiene que creer en ella. Es por eso, que es aquí dónde el Educador y la Educadora Social tiene un rol importante para hacer que la intervención sea individualizada y adaptada a las circunstancias y necesidades de la persona.

Constantemente estoy conociendo a profesionales que demuestran lo mejor de ellos, que sacan su lado más humilde y cercano para facilitar que la otra persona pueda sentirse a gusto. Y, también por qué no. Hacer que él también saque su lado más cercano y humilde.

Ante todo, los Educadores y Educadoras Sociales somos personas. Unas personas que debemos de concectar con el lado más humano de la persona dejando a un lado los estereotipos, prejuicios y discriminaciones sociales que nos atacan constantemente. Estamos en un continua desconstrucción (o quizás diría un desaprendizaje, que me gusta más la palabra) de lo que hemos ido escuchando e interiorizando durante nuestro desarrollo. Con esto no quiero decir que conectemos personalmente con la persona y creamos sentimientos hacia ella. Esto no sería sano ni adecuado para una intervención. Sino tener la formación y los recursos para facilitarle una situación favorable a la persona nos situemos junto a ella, acompañándole en el camino hacía su meta de forma integral.